28thAbr

Isabel Cabrera exige justicia para encontrar a su madre

El viernes 29 de abril del 2011, a las 15:00, Leonor Ramírez salió de su domicilio ubicado en el centro de Quito rumbo a la casa de su hija mayor, quien vive en el barrio La Tola. Este recorrido era habitual para Leonor, debido a que acostumbraba ir a ayudar a su hija con los quehaceres del hogar. Salía por la Av. 5 de Junio, rodeaba el exterminal terrestre Cumandá y subía por la calle Pedro Vicente Maldonado hasta llegar a la calle Rocafuerte para cruzar el ‘Arco de Santo Domingo’.

Leonor tenía 73 años, llevaba un vestido azul con flores de colores, un saco beige y zapatos color amarillo. Su hija Isabel Cabrera lamenta que en los casos de desaparición de un adulto mayor se subestime la tristeza que puede llegar a sentir una familia. “Mucha gente cree que, como son diez años desde que desapareció, mi dolor debió irse – afirma Isabel –. Algunas personas me han dicho que quizá esté muerta y no comprenden que siga buscando”. La desaparición de Leonor fue denunciada luego de tres días sin saber de ella. Al principio, su esposo pensó que se había quedado donde una amiga y prefirió esperar antes de alarmar a sus hijas e hijos.

Al no tener información sobre su paradero, Isabel acudió a la Policía Judicial para poner la denuncia. En esta institución le asignaron una agente para que investigue el caso, pero la oficial no acudió en ninguna ocasión a inspeccionar el barrio en donde vivía Leonor. Tampoco se reunió con los familiares para conversar sobre el caso. Una de las reuniones previstas entre el esposo e hija mayor de Leonor y la agente policial se suspendió porque ella argumentó no conocer el sector y estar imposibilitada de acudir. – Me dijo que debía ir a recogerla en taxi y llevarla al lugar, así como pagarle las recargas telefónicas para que pueda investigar – explica Isabel, una mujer delgada, de estatura pequeña, tez trigueña, ojos cafés oscuro y cabello castaño claro.

Leonor Ramírez en la mitad junto a su hija María, a la izquierda. Foto: archivo familiar

Para Isabel fue complicado seguir el caso durante el primer año. En aquel entonces trabajaba dos turnos en una cafetería y su horario le impedía encargarse de hacer las diligencias en la Fiscalía. Pero tras la muerte de su padre, quien partió ocho meses después de la desaparición de Leonor, producto de una enfermedad y en medio de una profunda tristeza por la negligencia de las autoridades, Isabel renunció a su trabajo para ocuparse de que las investigaciones avancen. Ahora habita en el centro histórico de Quito, en donde vive con sus tres hijos, su esposo y uno de sus hermanos.

Recuerdo que le pintaba el cabello, a veces se lo cortaba. Veía su carita y se ponía feliz, le decía “estás guapa, ahora vamos a salir a la calle a ver si nos encontramos a alguien”. Ella se reía. Se ponía feliz y me abrazaba. No saber nada de ella duele mucho. Han pasado diez años. En mi corazón todavía sigue viva. La extraño bastante a mi mami.

Isabel Cabrera

En 2012, tan solo un año después de ocurrida la desaparición, la agente encargada cerró el caso por una supuesta falta de elementos. Además, escribió en el parte policial que la familia de Leonor se descuidó de la investigación. Isabel se presentó en la Fiscalía y lo único que recibió fueron gritos por parte del secretario, quien le dijo que, por no acudir durante ese año, ahora debía encararse con la agente de policía para encontrar una solución. Tras una serie de reclamos, el caso se reabrió y el nuevo agente se encargó de iniciar una búsqueda en los distintos ancianatos de la ciudad, sin obtener resultados.

Isabel Cabrera busca a su madre Leonor desde el 2011. Foto: Jonathan Tamayo/Asfadec

La falta de empatía es una constante. “Yo no me estoy especializando para buscar telas de araña”, dijo una de las aspirantes a policía que acompañó a los agentes durante el barrido que hicieron en la quebrada del río Machángara, en el año 2015. Isabel recuerda que los únicos que se mostraron comprometidos con la diligencia fueron los integrantes del Cuerpo de Bomberos, mientras que los efectivos de la Policía Nacional ni siquiera llevaron las herramientas para efectuar el barrido. Para ella, las autoridades no comprenden la realidad de los familiares de personas desaparecidas. Si bien no los culpa del hecho, sí establece su responsabilidad por la omisión y falta de celeridad que merece la búsqueda de un ser humano.

Sobre qué pudo ocurrirle a Leonor no existe ninguna hipótesis ni por parte de Fiscalía ni de la familia. Sin embargo, Isabel guarda una duda en su mente desde hace cuatro años cuando recibió un mensaje de texto en el que una persona con el nombre Lily Adriana afirmaba que conocía dónde estaba su madre. En principio, Isabel no hizo caso, pues se acogió a la recomendación del agente policial de no hacer caso a las llamadas o mensajes de personas anónimas, ya que en muchas ocasiones buscan extorsionar a los familiares con información falsa. En el 2019, y ante las acciones repetitivas e infructuosas de las autoridades, Isabel mencionó este detalle al agente Pillajo, cuyo nombre no recuerda, para ver si podían rastrear el número y dar con el responsable del mensaje. La pista los llevó hasta José C., propietario del número telefónico desde donde se envió el texto. Él rindió su testimonio y dijo: “No conocer a Leonor”, pero agregó que existía la posibilidad de que su sobrino, del mismo nombre, fuese quien estableció el contacto. Para Isabel, este joven podría tener algún tipo de información, aunque tiene claro que su intención no es culpar a nadie sin pruebas, sino seguir cualquier indicio que le pudiese aclarar dónde está su madre.

 

Durante la investigación, una amiga de mi madre afirmó ver al joven José C. cerca de la tienda de una señora a quien mi madre ayudaba en ocasiones (supuesta tía de José). Una vez le preguntaron qué hacía ahí y respondió que estaba esperando a su novia (refiriéndose a Leonor). Me parece raro que dijera eso, porque en ese entonces apenas tenía 20 años.

Isabel Cabrera

Los agentes aseguran estar haciendo lo posible para localizar a José y que rinda su declaración, pero que el caso de Leonor no es una prioridad en estos momentos. Con un tono de resignación, Isabel explica que si tuviese recursos ella mismo iría a buscar a su madre o iría tras la pista de José C. y su tía. También lamenta que las desapariciones de los adultos mayores no tengan el mismo impacto y repercusión que el caso de un joven, niño o niña. Mientras tanto, se mantiene en pie de lucha a través de las redes sociales con ayuda de sus hijos. Una enfermedad en la tiroides le impide salir a las calles para continuar con los plantones y está segura de que la valentía también es saber cuándo es oportuno poner un alto para precautelar la salud.

En total, son siete los fiscales que pasaron por el caso de Leonor Ramírez. Los constantes cambios producen que las acciones se repitan una y otra vez. Lo único que esto refleja es una falta de protocolos para resolver la investigación de personas. Para resolver esto, Isabel ve necesaria la capacitación de las autoridades y que todas las instituciones trabajen de forma integral y no de forma aislada. Como ejemplo, Isabel acudió a la Defensoría del Pueblo para averiguar los datos del veedor del caso de su madre y conocer si estaba al tanto de las investigaciones, cuando lo ideal sería que el funcionario de la Defensoría acuda hasta la vivienda de Isabel y se involucre en el caso por cuenta propia.

Dicen que hacen lo posible, pero no comprenden la cruz que significa llevar la desaparición de un ser querido ¿Cómo es posible que lleguen al punto de culparnos a nosotros? A decirnos que es nuestra responsabilidad por dejarla salir. Es decir que ¿ningún niño o adulto mayor puede salir a la calle porque alguien puede aparecer y llevárselo?

       Isabel Cabrera

 

¿Qué mensaje tiene Isabel para el resto de personas?

 

Desde el año anterior, el caso lo patrocina la Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos (Inredh) que acompaña a familiares de personas desaparecidas. Según Valeria Larco, del equipo Inredh, de enero de 2019 hasta agosto de 2020 la Fiscalía General del Estado registró 544 denuncias respecto a desapariciones de personas adultas mayores. De estás, 427 personas fueron localizadas y 117 aún se encuentran desaparecidas. De estas 117, solo 12 casos están en la etapa procesal y 1 se encuentra en preparatoria de juicio. De los 104 casos restantes no se tiene información.

Foto principal: Isabel Cabrera conserva los afiches utilizados durante la búsqueda de su madre Leonor Ramirez. Foto: Jonathan Tamayo / Asfadec

Autor

Jonathan Tamayo Vaca (Quito, 1996)

@jonathanjtv19

Comunicador Social con énfasis en periodismo graduado en la Universidad Central del Ecuador.  Apasionado por el fútbol y la lectura. Los caminos que escogí me llevaron a creer en esta profesión como la herramienta para devolverle la voz a la gente.

Actualmente, voluntario en Asfadec; antes, en Bendito Fútbol, de Grupo El Comercio. Colaboré en proyectos para el Instituto de Investigación en Igualdad de Género y Derechos (Iniged), el Instituto Tecnológico Superior ‘Japón’ y el Movimiento Indígena y Campesino de Cotopaxi (MICC).

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