27thAbr

Nueve años sin Carolina Garzón Ardila

Alix Ardila, madre de Carolina Garzón, joven colombiana que desapareció en Quito hace nueve años, relató su trajinar por encontrar a su hija, quien viajó al Ecuador en el 2012 con la intención de conocer el país y participar de varias actividades culturales motivada por militantes del Partido Socialista de  los Trabajadores (PST). Su caso se encuentra en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) tras la ineficacia del Estado ecuatoriano y la falta de apoyo de las autoridades colombianas por encontrarla.  Alix nos relata su historia.

Bogotá, 27 de abril de 2021-. El mes de abril para mí es muy nefasto y muy terrible porque en este mes desapareció mi hija, Carolina Garzón Ardila. Paradójicamente en este mismo mes es mi cumpleaños. El 27 de abril del 2012 fue la última comunicación que tuve con Carolina y de ahí no volvimos a saber nada de ella, presumimos que fue desaparecida un día después de su última conversación con la familia.

Carolina  era muy amable con la familia, su padre, su hermana y conmigo.  Ella es una persona muy grata, solidaria, jovial, risueña y consciente de cambiar las injusticias y la desigualdad que hay en el mundo. Siempre nos contaba sus proyectos a mí y a su hermana. Sus principales hobbies son viajar y también la fotografía. Mi hija estaba muy enamorada de Ecuador. Nos hablaba maravillas y nos había convencido que nos fuéramos a vivir allí.

Carolina te busco, te llamo, te reclamo, te espero… aunque a veces parece que el miedo y el cansancio van a ganarnos la batalla. No me derrumbo, no me resigno, no te olvido… No vayas a creer que me han ganado…. haré todo por saber de ti, por llevarte a casa.

[Fragmento de la carta de Alix a Carolina]

La tarde del 27 de abril yo me comuniqué con ella desde Bogotá. Le pregunté dónde estás y me respondió que estaba en el centro de Quito. Fue a ver una obra de sus compañeros del PST,  en la Plaza del Teatro y en efecto, pudimos corroborar, gracias a un testigo, que pasadas las 18h30, Carolina llegó al lugar y tomó varias fotos. En Colombia, mi hija -que en ese entonces tenía 22 años- estudiaba en la Universidad Francisco José de Caldas  y militaba en el partido de izquierda PST. Nosotros, en Bogotá, recién nos enteramos el primero de mayo que Carolina no regresó desde el 28 de mayo a la casa donde se hospedaba. «No se vayan a preocupar, pero Carolina no regresa a casa», manifestó Sebastián A., compañero de residencia de Carolina, de la manera más indolente. En ese momento el mundo se nos vino encima.  Hasta ahora no lo podemos asimilar, por eso tampoco está claro si Carolina desapareció el 27 por la noche, el 28, 29 e inclusive el mismo día 1 de Mayo, porque nos llamaron casi por la noche. El 28 de abril es la fecha que presumimos, porque ni la fecha exacta de la desaparición han podido investigar bien las autoridades.

Luego de la impactante noticia y la desesperación que sentimos,  nos reunimos con mi familia para ver quién viajaba a Quito para colocar la denuncia y empezar con la búsqueda. Delegamos a mi hija, Lina María, quien también tenía planes de viajar ese año a Quito para reunirse con su hermana Carolina. Lina viajó acompañada de mi hermana (tía de Carolina). Mientras tanto mi esposo, Walter (padre de Carolina) -quien tenía por esos días una cirugía- y yo fuimos a la Cancillería de Colombia para que nos ayuden pero no le dieron importancia a nuestro clamor. Seguramente no les interesó nuestro caso porque no somos una familia acaudalada.

A Carolina le encantaba viajar por Latinoamérica junto a sus amigas y hermana. En la foto se encuentra en Bolivia. Foto: archivo familiar

Cuando mi hermana y Lina María llegaron a Quito, unos amigos de mi hija los recibieron y los hospedaron en un hotel. Luego de poner la denuncia, el agente encargado de la investigación, los entrevistó. Rindieron la versión, pero de forma escueta. El agente encargado no tomaba nota de nada. Fue algo muy superficial. Gracias a la artista Juana Guarderas, quien tenía una amistad con una amiga de mi hija, se pudo contactar a un capitán de la Policía, quien activó la alarma de búsqueda en el sector de Paluco (Monjas), donde residía Carolina. Pero esto fue por un favor particular mas no una orden de algún fiscal o policía. Después de una semana, Walter, recién operado arribó a Quito.

«¿Qué quiere que hagamos?» Es la respuesta que siempre nos da la Policía. Es inaudito e indignante que el ente investigador no esté capacitado para la búsqueda e investigación de personas desaparecidas. Aparte de los trámites administrativos, se manejan con la misma metodología con la que buscan un automóvil robado. Solicitamos al Gobierno de turno que tanto fiscales como investigadores sean capacitados. Nuestro pedido fue escuchado, pero de papeles no trascendió y por ende, hasta la actualidad, los agentes no están especializados en desapariciones de personas.

También se realizó una búsqueda en el río Machángara porque dos presuntos testigos afirmaron haberla visto el 28 de abril del 2012. Pero no son testigos idóneos porque uno: José P. no puede ver bien de lejos. Él presuntamente vio a Carolina sentada con un perro y aplaudiendo en la orilla del río. Sin embargo, el hombre no pudo distinguir bien si era hombre o mujer porque: «no veo bien», admitió luego.

El otro testigo, Fernando V., vecino de Monjas, quien conoció a Carolina, supuestamente manifestó haberla visto por el barrio. Pero, este testigo tampoco está seguro de su versión, debido a que tomaba calmates y otros medicamentos que no le permiten tener certeza de los días y las horas. Los policías, la hermana y la tía de Carolina recorrieron el río y «de pronto» unos agentes encontraron un saco sobre una piedra, que Oscar, también compañero de residencia de Carolina fue el único que afirmó que le pertenecía a ella. Pero yo no recuerdo haberla visto con ese saco, el cual se encontraba en perfecto estado a pesar de las precipitaciones de aquellos días y además tenía una servilleta guardada en el bolsillo derecho, pero mi hija es zurda. Tampoco se cumplieron con los protocolos de custodia del saco encontrado como prueba de que Carolina estuvo en ese lugar y por ende fue manipulado. Inclusive el saco fue analizado en Bogotá y se descartó que sea de Carolina o que haya estado en ese lugar desde el día 28.

A pesar de todas estas irregularidades, la Fiscalía determinó que «Carolina se cayó al río y se ahogó». Inclusive una fiscal le contó a un periodista del programa de  Tv colombiano  Séptimo Día, que mi hija «estuvo tomando el sol en la orilla del río». En un río de aguas putrefactas y uno de los más contaminados del Ecuador. Esa es la única hipótesis que manejan hasta ahora sin que el cuerpo se haya hallado ni en el Machángara o en sus afluyentes. Estoy segura que plantaron esa prueba para desviar la investigación y a veces pienso que lo lograron, porque después de nueve años mantienen esa versión.

Entre la impunidad y los estereotipos machistas

Son 3287 días de dolor para mi familia Garzón Ardila y también de impunidad, ineficacia y negligencia por parte del Estado ecuatoriano. Desde las instituciones colombianas tampoco hemos tenido el apoyo diplomático o la presión necesaria al caso.  En nueve años hemos recibido solamente varias promesas sin cumplir y ahora con el pretexto de la pandemia, el trabajo de la Fiscalía y  la Dirección Nacional de Delitos Contra la Vida, Muertes Violentas, Desapariciones, Extorsión y Secuestros (Dinased) es menor de lo normal. Cada año envían una notificación para que sigamos pensando que el caso sigue activo, pero sin un avance real de la investigación. Lo único que sigue activo es la corrupción.

Alix Ardila, madre y Lina María, hermana de Carolina junto a Telmo Pacheco en Quito, 2017. Foto: Oscar Flores/Asfadec

Actualmente, el caso se encuentra ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por la falta de garantías judiciales y la negligencia del Estado, por habernos vulnerado el derecho a la verdad  y a la justica. También porque a Carolina se le crearon estereotipos en los que ella era la culpable de su propia desaparición. Por el hecho de ser mujer, extranjera y viajar sola o sin sus padres fue tachada de «irresponsable» y su militancia en un partido de izquierda, fue vista como una conducta y participación «peligrosa» para una «chica normal y tranquila». Siento que a mi hija la sacaron de la casa. Ella era amante de la fotografía. Ella nunca salía de casa sin su cámara y el día que se registró su habitación se encontró su cámara además de su pasaporte y su plata. Por ende, a mi hija la desaparecieron. Sé que en algún lado debe estar Carolina. 

***

Desde el 2012, Walter Garzón, padre de Carolina, se convirtió en referente de la lucha por los desaparecidos. Tras no obtener respuestas en las instituciones encargadas del caso, optó por plantones en la Plaza Grande, a los cuales, empezaron a acompañar varios familiares que buscan a un ser querido, fundando así junto a otros familiares la Asociación de Familiares y Amigos de Personas Desaparecidas en Ecuador (Asfadec). Sin embargo, tras cuatro años de lucha, no resistió el dolor, la desesperación y la indignación por no saber qué pasó con Carolina y tras una profunda depresión, falleció en Bogotá el 12 de septiembre del 2016. Hoy Alix, continúa con la lucha por encontrar a su hija y a lxs desaparecidxs en el Ecuador.

Foto principal: Alix Ardila mantiene intacto cada foto, cuaderno y afiche de Carolina Garzón en su casa. Ella espera que en cualquier momento, Carolina aparezca. Foto: cortesía de la familia. 

Autor

Oscar Flores Rivera (Quito, 1990)

@OscarFlores

Comunicador social de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador y maestrante de Comunicación y Cultura de la Universidad de Buenos Aires. Colaborador voluntario en Asfadec (Comunicación en Territorio).

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